Para describir y comprender quién es un piloto como Johnny Rea, lo mejor quizá sea invertir 19 euros y comprar su autobiografía, titulada "In the Head". Hojeando las páginas del libro, que amablemente le ha prestado su amigo Stefano Calzavara en el vuelo Doha-Melbourne, uno se siente como si Johnny estuviera sentado en el asiento contiguo al avión, como si fuera él mismo quien hablara y contara su historia.
Hierros y clavos: una carrera hacia la pasión
Y es que la de Johnny Rea es, a todos los efectos, una historia de tenacidad, corazón, resistencia y coraje. Una mezcla de ingredientes que le han acompañado a lo largo de su dilatada carrera, empezando cuando de adolescente se encontró en el barro de Matterley Basin luchando con su moto de cross, después de horas y horas de conducción con su padre para perseguir su gran pasión.
Una pasión a la que Johnny nunca quiso renunciar, a pesar del acoso escolar que sufrió y del cuchillo que le clavó en la barbilla un antiguo compañero de instituto que quería demostrarle quién era. Quizá aún más duro fue cuando en 2004 los médicos le dijeron que su carrera terminaría, después de que le fallaran los frenos en Knockhill. Con sólo 17 años, el Caníbal se encontró con un precio a pagar demasiado alto para cualquiera: una fractura de fémur que le costó un injerto de hueso y cuatro operaciones.
La epopeya de Kawasaki: contra todos y contra todos
La verdadera fuerza de Johnny siempre ha sido que nunca ha conocido la palabra rendición. Se dio cuenta de ello desafiando al dolor y al mismo tiempo en la pista, pilotando aquella Honda que parecía una especie de caballo desbocado. Para compensarle por todo, sin embargo, llegó el cuento de hadas con Kawasaki, la moto verde con la que escribió la historia, convirtiéndose a todos los efectos en la leyenda del Superbike.
Johnny no hizo concesiones a todos los que intentaron desafiar su reinado, llegando incluso a sacar lo mejor de Dorna, que en aquellos años decidió llevarle la contraria recortando las revoluciones del motor.
El Campeonato del Mundo ganado en 2019 sigue siendo una hazaña escrita en la historia y de valor humano. Bautista y la Ducati V4 le ganaron once carreras seguidas en su cara. Después de tres pruebas el Mundial parecía cortado de raíz y para cualquier piloto hubiera sido un golpe demasiado duro remontar. No para Johnny, que utilizó la cabeza y la muñeca para dar la vuelta a un Campeonato del Mundo que para todos estaba ya escrito en piedra.
Una hazaña que muchas veces le he recordado con estima y gran admiración: "Más que deportivo, para mí Johnny el Mundial que ganaste en 2019 es un mensaje de vida, que es intentar no rendirse nunca en las dificultades, seguir luchando, incluso cuando todo parece negro".
Pasando el testigo hacia la última carrera
En el aspecto humano, Johnny Rea siempre ha conservado una especie de aura mágica dentro del paddock. Un piloto que ha elegido ser simplemente él mismo, al que nunca le ha gustado interpretar el papel o imitar el comportamiento de los demás, teniendo que ser simpático. Listo para las bromas y para responder adecuadamente con su inconfundible estilo, como aquella vez en Magny-Cours en 2019, para ocultar su superioridad en ritmo de carrera, respondió:"¿Dices que tengo el mejor ritmo? Quizá sea mejor que cambie el ordenador Riccardo'. Y al mismo tiempo, todo un caballero, capaz de poner a tono a su interlocutor, evitando a toda costa utilizar latiguillos de su lengua materna, en favor de la comprensión y la claridad.
Mientras tanto, en el campo de batalla, surgía un nuevo personaje y en su fuero interno Johnny Rea quizá se había dado cuenta de que pronto el relevo tendría que pasar a manos de otro. Se trataba de Toprak Razgatlioglu, el muchacho taciturno que había crecido bajo sus consejos en Kawasaki y que puso fin de forma efectiva a la epopeya caníbal.
El resto es historia moderna, con el fichaje por Yamaha y un matrimonio que nunca cuajó, salpicado de dificultades y lesiones. La ausencia de Johnny Rea empezaba a hacerse sentir y en los últimos tiempos parecía haberse convertido en una especie de amarga normalidad, a la que sin embargo resultaba difícil acostumbrarse.
Johnny necesitaba un nuevo reto, algo que reavivara la mecha. Precisamente por eso, el jueves de Most le intercepté en el paddock y le dije en privado mirándole a los ojos:'¡Eres Johnny Rea, la leyenda de Superbike, no puedes acabar así, este no es el final que te mereces! Llama a Zambenedetti o a Denis (Sacchetti) y pídeles una puta Ducati. A todo el mundo le gustaría verte al menos una vez sobre la Panigale'. Johnny me miró y sonrió, agradeciéndome las palabras y despidiéndose con una palmada en el hombro.
Obviamente, el Caníbal ha hecho todo lo posible para buscar la Rossa, sondeando la pista de Aruba, la de Go Eleven hasta las últimas conversaciones con Barni. Lo ha intentado por todos los medios, pero esa llamada que tanto esperaba nunca llegó.
Con la mente y el cuerpo en la cuerda floja, como él mismo declaró en el vídeo publicado a principios de semana, la decisión de retirarse era inevitable. Una elección consciente, que quizás le libere, sin dejarse engañar por la nostalgia de "lo que podría haber sido".
No podía ser otra cosa, de lo contrario habría sido.