Fermín Aldeguer entró en MotoGP de puntillas. Con la conciencia de que la mejor manera de responder a quienes, antes de su debut en la categoría reina, habían cuestionado su valía y el hecho de que mereciera pilotar una Ducati, era dejar pasar el tiempo. Permitirse el "lujo" de tomarse unas cuantas carreras para aprender y adaptarse a la nueva categoría con calma. Sin cometer el error de aspirar desde las primeras carreras a esos resultados de cabeza que todos querían y esperaban de él, desde el año pasado. Para apoyar la decisión de la dirección de Ducati de firmarle un contrato de dos años, con opción a otras dos temporadas, casi un año antes de su debut entre los grandes de MotoGP. El mismo movimiento que hicieron los hombres de rojo en febrero de 2018, cuando concedieron a Francesco Bagnaia el ascenso a MotoGP para la siguiente temporada, firmándole un contrato de dos años para correr con la Ducati del equipo Pramac Racing.
Los estigmas del predestinado, o casi. Un lastre que Fermín no había sabido gestionar en 2024. Cuando se desinfló ante los errores, presión y dificultades para adaptarse a los nuevos neumáticos Pirelli, y terminó quinto en el campeonato en el año en el que era considerado unánimemente el gran favorito. Después de aquel impresionante final de temporada en 2023 que casi había eclipsado las hazañas del campeón Pedro Acosta, que le había dejado a un paso de convertirse en el sucesor de Luca Marini en las filas del equipo VR46.
Tras comprender lo que había fallado, Aldeguer pasó página y entró en MotoGP con un espíritu totalmente nuevo: el de alguien que no tiene nada que perder y sí mucho que ganar. Mentalidad ganadora para el murciano de 20 años, que en un box experimentado y familiar como el del equipo Gresini ha encontrado el entorno ideal para crecer con tranquilidad y una sonrisa. Tras un tímido comienzo, Fermín ha ido ganando progresivamente confianza y familiaridad con la Desmosedici, contando además con una referencia como Álex Márquez, y ha demostrado un crecimiento y una capacidad de adaptación tan rápidos que le permitieron embolsarse un doble tercer puesto en la sexta prueba del año en Le Mans; otro podio en la Sprint de Aragón y después el puesto de honor en el GP de Austria, donde fue segundo sólo por detrás del líder del campeonato, Marc Márquez.
Quitándose toda la presión que tenía sobre sus hombros y recuperando la calma que le había faltado en 2024, el joven español empezó a disfrutar "encima de la moto, en todos los circuitos y con la gente y el equipo que me rodea", como había explicado en Francia, y a pilotar libre de todo pensamiento y condicionamiento. Igual que hizo entre los subi-baja del Red Bull Ring. Donde utilizó todo el ingenio propio de un novato para meterse de lleno en el papel de un veterano.
"No recuerdo nada de la carrera, fue una de esas en las que te metes en el papel y las cosas empiezan a venirte. No hice las primeras vueltas a mi mejor nivel, siempre me cuesta en los primeros compases, pero en el box sabemos que si hay un piloto que puede jugarse la victoria con Marc en las últimas vueltas ese soy yo" , reconocía el piloto del Team Gresini, hablando para DAZN España con toda la chulería y candidez de sus 20 años. Pero también con la confianza y la madurez de quien sabe que representa el futuro que avanza y que tiene todas las credenciales para vestirse de rojo en 2027. Sigue soñando a lo grande y trabajando con la pasión, la determinación y la humildad mostradas en esta temporada de novato.
"El viernes y el sábado por la mañana trabajamos con mucha presión porque teníamos que estar preparados para gestionar la parte delantera si salía detrás. Conseguí adelantar, ser competitivo, y cuando pasé a Pedro y me acerqué a Bezzecchi y Marc y me dije: 'Yo también puedo ganar'. Pero no es fácil luchar con un Marc Márquez que lo da todo, me ha puesto las cosas muy difíciles", continuó el murciano, dándolo todo para intentar la hazaña: "Me he desgastado la bota, tengo un agujero debajo del dedo gordo, me ardía el dedo y no podía tocar el freno trasero".
Una pequeña anécdota que contar, cuando recuerda la primera vez que estuvo a un pelo de disputarle la victoria a su gran ídolo. Con la bota derecha agujereada, y con la sonrisa, y el entusiasmo, de un niño que está jugando al juego más bonito que ha tenido en sus manos.

