Dos accidentes que han estremecido a pilotos y aficionados. Con una consolación: un final feliz.
LO BUENO – Hemos descubierto que hablar de fracturas, lesiones, operaciones a veces puede ser un alivio. Ver por la noche las fotos de Álex Márquez y Johann Zarco magullados pero sonrientes en una cama de hospital fue la imagen más hermosa. Demasiadas veces olvidamos cuánto arriesgan estos chicos. A veces los criticamos, los subestimamos, pero solo deberíamos aplaudirlos.
LO MALO – El espectáculo debe continuar, una, dos, incluso tres veces si es necesario. Tres salidas no son el número perfecto, parecen un ensañamiento hacia los pilotos. De Circus a circo el paso es breve, en el peor sentido del término se entiende.
LO PEOR – Los pilotos deben ser los protagonistas en todos sentidos de MotoGP, pero también deben ser capaces de asumir sus propias responsabilidades. En los últimos tiempos solo Bagnaia, Marini y Miller las están asumiendo, los únicos que van a la Safety Commission. Sus predecesores construyeron una herramienta valiosa, ha quedado una caja vacía. Deben decidirse a llenarla.
LA DECEPCIÓN – A media tarde estaba en el podio, por la noche 13°: es la parábola descendente de Mir. Su resultado se desinfló como su neumático, centésimas de bar que le quitaron la gloria. Por una vez que en medio del caos se mantuvo en pie, Joan fue derribado por el reglamento. Nunca una alegría.
LA CONFIRMACIÓN – Que para Di Giannantonio sería un día de suerte se entendió cuando se levantó (casi) indemne del impacto con la parte delantera de la moto de Márquez. Ganó, algo que no le sucedía desde hace tiempo, lo hizo frente a Valentino, su gran jefe en perspectiva, y se lo mereció. Fabio tenía todo el derecho a sonreír.
EL ERROR – Cinco caídas en tres días son un excelente registro, pero no son esos los errores por los que Jorge Martín merece una reprimenda. El empujón a Paolo Bonora al regresar al box es digno de tarjeta roja. Pasa la frustración, pasa la adrenalina, pero hay que demostrar ser campeones también fuera de la pista.